En menos de tres semanas ayudé a socorrer a dos vecinos de mi barrio. Los dos, personas mayores, se enfrentaron en pocos segundos a la muerte. Ambos vecinos de esta colina de la esperanza, constructores y observadores del devenir de la historia. No fui el único que ayudó; familiares y vecinos hicieron cada uno lo suyo para auxiliar a quienes yacían en el suelo.
A falta de ambulancia, es tremendamente difícil colocar en un vehículo común a una persona que no puede moverse, que no colabora simplemente porque se está muriendo. Es desesperante ver como corren los minutos para quienes sabemos cómo se escurre la vida con cada segundo perdido. Uno de mis vecinos no tiene una obra social que funcione en el sanatorio y tuvo que ser atendido como Dios exige en un sanatorio de Crespo. El otro, si. Si hubiese sido al revés no estaría más entre nosotros.
Mientras lo acompañaba palpando el pulso de un corazón que se agotaba, sintiendo el jadeo de sus pulmones que parecían un acordeón oxidado, pude ver su mirada suplicante. No sé qué extraño mecanismo se activó en mi mente; como en un eco volví a escuchar a nuestro intendente llamando a la unidad, alegando que el día más triste sería aquel que el vecinalismo pierda las elecciones.
Desde hace un año aproximadamente que se analiza desde el AVU la unión de los partidos vecinalistas disidentes. Mientras aguardaba noticias de mi vecino en la sala de espera de la unidad de terapia intensiva, me puse a reflexionar en lo que pudo haber pasado; en la carencia absoluta de servicios públicos de atención oportuna y eficaz. Caí en la cuenta de una realidad en la que no había pensado: la insuficiencia en materia de salud pública local involucra a todas las facciones políticas en el gobierno. Tanto el intendente como el director del centro provincial de salud son médicos. Ambos saben las necesidades de salud de la población local. Ambos son responsables del estancamiento en la provisión de atención en el municipio. Ambos pertenecen al mismo partido vecinalista. También es responsable el gobierno provincial que se escuda bajo un manto de ignorancia, quizás asumiendo que en Libertador San Martin no hay necesidades porque estas son cubiertas por el sanatorio. Pero también lo somos cada uno de los que emitimos un voto.
Después de sentir como la vida de mis vecinos se escurría entre mis manos, de imaginar que hubiese pasado si no llegábamos a tiempo, sentí pánico. ¿Qué ocurre con el resto de la población? ¿Cómo se traslada quien no tiene recursos? ¿Dónde se atienden los fines de semana o feriados? Parece que para los responsables locales vale tan poco la salud de la población que pretenden cuidarla con mano de obra gratuita: médicos que atiendan sin pagarles o con estudiantes sin matrícula.
La unidad del vecinalismo promete más de lo mismo, el partido que gobierna la provincia también. Entonces, se me ocurre que el día más triste no será aquel en que la gente se libere de las amenazas y las presiones colectivas y vote una plataforma de gobierno que responda a sus intereses genuinos.
El día más triste es aquel en el que perdamos la confianza de los seres sobre los cuales somos responsables, y ese día, en materia de salud, comenzó hace tiempo.
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lunes, 3 de mayo de 2010
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